En los límites de lo imposible

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    Los niños se bañaban en manantiales de agua clara, fresca, cristalina, en los que abundaban pececitos de colores. Las mujeres lavaban en las orillas. Abundaban las huertas, caminos con cañaverales, jícamas. Los chiquillos se divertían con el mecano y los trenes eléctricos; las ingeniosas adivinanzas, la lotería, la Oca, el Parkasé, Serpientes y Escaleras; con las lecturas de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn. Los cuentos de espantos y aparecidos en caminos, cementerios, iglesias; cerca de un fogón, hacían corro cerca de la anciana, sin desprenderse de la voz el hilo del relato, absortos; el hombre enamorado y tomado que seguía a la mujer y al aproximarse a ella, en la oscura alameda se quedaba helado de miedo cuando aquella volteaba con su cara de loba, como ¡la loba blanca de Kostopchin!, o de caballo. El jinete sentía cómo otro se trepaba en las ancas de su caballo al llegar a El Punto, a la medianoche, y el caballo corría desbocado… los tesoros enterrados. Se conocía Orión, Aldebarán, Betelgeuse; la fulgente Sirio, Las Pléyades, o en los crepúsculos la plata de Venus. Competían a ver quién era el primero en avistar una estrella fugaz; pedir un deseo. En la provincia las calles las desbordaba un río de mariposas que flotaban en el aire transparente bajo un Sol luminoso. Las nubes eran blanquísimas y esponjosas. Las golondrinas, sobre el empedrado, eran líneas fugaces. El domingo, en el DF, las familias dirigían el automóvil por la vieja carretera a Cuernavaca; se elegía el claro de un sitio; se tendía el mantel, se colocaban las viandas; los niños saltaban la cuerda, corrían tras la pelota, se platicaba con desconocidos, se les invitaba a comer. Nada dura para siempre.

    Corría la década de los 40 y de los 50. Los acontecimientos políticos, bélicos, deportivos, se seguían en la radio, en los periódicos y en el cine los noticieros EMA (España, México, Argentina) y en los Clasa (Cinematográfica Latinoamericana S. A.). Las figuras legendarias dejaban honda impresión: Rocky Marciano, Joe Walcott, Joe Louis. El Madison Square Garden. Caballos, saltos de aristócratas y militares. De aquellas imágenes ejercían poderosa fascinación los famosos equilibristas Los Wallenda. Su acto escalofriante consistía en caminar, sin red de protección, sin arneses, a varios metros de altura, en pirámides que formaban entre ellos o en bicicletas, en sillas. Se cortaba la respiración. El nombre eufónico llegaba como un eco legendario envuelto en magia y asombro.

    El domingo la figura audaz del acróbata Nik Wallenda, de 35 años, atrapada en la retina de 75 mil espectadores en Chicago y con millones siguiéndolo en la pantalla de cristal, parecía levitar. Camina con zapatillas de gamuza y alce en una catenaria de menos de un par de pulgadas de grosor sujeta cerca de las aristas de los rascacielos Marina West de 588 pies de altura (179.22 m) y el leo Burnett de 671 (204.520). Un segmento caminó con los ojos vendados.

    Saludemos con una reverencia a Nik Wallenda, nos transportó a aquellos viejos tiempos de heroica grandeza. Una proeza de esta naturaleza exige concentración absoluta e inaudito valor. La vida está en juego. No hay simbolismo. Pertenece a aquella vieja raza en extinción que roza los límites de lo imposible. Su caminata, estimula los resortes de la imaginación y el poder del espíritu, y acaso deja una lección, aunque sea en planos más modestos, que con perseverancia y esfuerzo se pueden alcanzar los más difíciles objetivos y retos.

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    Post y Contenido Original de : Excelsior

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