Gottfried Lindauer, un pintor alemán elogiado por los maoríes

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    HELENA CELDRÁN

    • Figura indispensable en la memoria del pueblo maorí, su obra sale por primera vez de Nueva Zelanda y se expone en Berlín.
    • Llegó a Nueva Zelanda en 1874 y conoció a un empresario que le pidió documentar la cultura maorí, amenazada entonces por la llegada masiva de europeos.

    ´Paora Tuhaere´, 1895

    En los retratos de hombres maoríes tatuados se palpa el extraño contacto entre dos sociedades muy diferentes, las pinturas del siglo XIX poseen la energía de un encuentro bicultural.

    A pesar de vivir momentos difíciles a causa de ese contacto —la población maorí se redujo en torno a un 40% durante el siglo XIX, sobre todo por enfermedades que aquellos nuevos inmigrantes europeos portaban con ellos— muestran el porte digno de alguien interesado en la mirada occidental del pintor.

    Gottfried Lindauer (1839-1926) pintó a los maoríes de Aotearoa (nombre original de Nueva Zelanda) en retratos y escenas, el autor es uno de los escasísimos artistas que a finales del siglo XIX se dedicaron casi en exclusiva a representar a indígenas. Ahora, sus trabajos son un pilar básico de la memoria de un pueblo que pasó de ser soberano de sus tierras a parte de una colonia británica.

    En la primera ocasión en que las obras salen de su lugar de origen, las pinturas del alemán se exhiben hasta el 12 de abril en la Alte Nationalgalerie de Berlín, en la exposición Gottfried Lindauer. Die Maori Portraits (Gottfried Lindauer. Los retratos maoríes). Hasta ahora, la colección no había abandonado el país por deseo expreso de los descendientes de los retratados. En la cultura maorí el recuerdo de los ancestros es parte de la vida y los retratos son más que simples representaciones, hacen inmortales a antepasados que siguen existiendo, si no vivos, en contacto con la tierra.

    Del Imperio austrohúngaro a Wellington

    Lindauer había llegado desde su Pilsen natal, entonces dentro del Imperio austrohúngaro, ahora en la República Checa. Allí sufría como pintor la falta de encargos ante el auge de la fotografía. En una atmósfera que anunciaba un posible conflicto armado, temía además que lo llamaran a filas y no dudó (como otros tantos europeos en la época) en embarcarse en Hamburgo hacia la otra punta del mundo, buscando un futuro mejor.

    Llegó al Puerto de Wellington (cerca de la ciudad de Auckland, en Nueva Zelanda) en 1874 y allí conoció a Henry Partridge, un empresario londinense, interesado en documentar la cultura maorí. El hombre de negocios estaba convencido de que los maoríes y su cultura estaban amenazados con la desaparición por la llegada masiva de europeos y quería dejar testimonios de aquel estilo de vida. Fue mecenas del artista durante más de 30 años, Lindauer creó bajo su paraguas más de 80 cuadros del pueblo indígena.

    La sorpresa llegó al poco tiempo, cuando hubo más personas que le encargaron retratos: fueron los propios maoríes los que, admirados la destreza y la sensibilidad del alemán, le pidieron obras. Los trabajos supondrían la creación de un valioso puente al pasado y pertenecerían a los descendientes en una sentido espiritual. No se equivocaban, los maoríes —que esquivaron su desaparición como pueblo gracias a una gran capacidad de adaptación— a día de hoy siguen cultivando una profunda veneración por las creaciones de Lindauer y realizan celebraciones en torno a las reproducciones de los dignos posados.

    Post y Contenido Original de : 20 Minutos

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