La ineficacia estatal y la indignación

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    La detención del exalcalde de Iguala y de su esposa y cómplice no basta para aplacar la indignación popular. Los 43 normalistas de Ayotzinapa no aparecen y aun si esto ocurriera nada le garantiza al Estado que la sociedad aceptará mansamente los más que tardíos resultados y la versión que ofrezca el gobierno de lo ocurrido.

    Si los muchachos –como lo deseamos todos– son rescatados con vida, no habrá alguien tan ingenuo para suponer que ninguna autoridad sabía dónde se encontraban. Si aparecen muertos o se demuestra fehacientemente que fueron asesinados y cremados sus restos, peor para el gobierno, pues será la prueba más contundente de su ineficacia.

    Se le acaba el tiempo a la autoridad y muchos mexicanos suponen que la tardanza para dar una versión, la que sea, se explica porque los que mandan no quieren perder lo que pueda quedarles de credibilidad, que no será mucha. Lo cierto es que el tiempo transcurrido entre los hechos de Iguala y el día de hoy es demasiado en términos políticos.

    En este caso son las instituciones relacionadas con la seguridad las que se muestran incapaces de cumplir con su función. Pero lo mismo ocurre en todos los órdenes de nuestra vida pública. La economía se desliza incontenible por el tobogán de la tecnocracia y seguimos sin crecimiento, sin empleos ni salarios dignos. La educación es un desastre, como lo evidencia la justa rebelión del estudiantado politécnico. El Seguro Social hace esperar sentado durante diez horas a quien llega con fractura de cráneo y el ISSSTE le da cita dentro de seis meses a un enfermo terminal. El campo no produce lo que comemos, los industriales mexicanos venden sus empresas y los cuentahabientes mexicanos están en la mayor indefensión ante la voracidad de la banca, en su mayor parte en manos extranjeras.

    Nos hallamos ante un triste panorama donde lo único que se advierte es la llegada de nuevos y mayores desastres. En las últimas décadas el Estado fue cediendo sus facultades ante los poderes fácticos, sobre todo los económicos, y ahora está claro que carecemos de gobierno, que no hay quien ponga orden en el país.

    De ahí que, en un caso del que no hay precedente en muchas décadas, se hable sin tapujos, en los diarios y en las calles, en los hogares y en los altos círculos, de la renuncia presidencial, como si el mero cambio de mandatario fuera a traernos la seguridad, el desarrollo y la paz que ansiamos. Por supuesto, como una medida efectista, se puede intentar la remoción de dos o tres funcionarios o incluso el cambio total de gabinete, pero ya ni eso bastará.

    El paso de los días va eliminando soluciones que en algún momento parecían viables y se hace cada vez más evidente que hoy no basta el cambio de personas. Son las instituciones las que están en crisis, las que ya no pueden dar más de sí, lo que plantea a la nación un cambio drástico de modelo constitucional.

    Si el presidencialismo está agotado, quizá haya que pensar en el paso a un régimen parlamentario o semiparlamentario, pero desde luego no con los partidos de hoy, pudrideros que han caído en el mayor descrédito. Frente al muy oneroso régimen electoral, objeto ya de la desconfianza mayoritaria, urge levantar una democracia real, nueva, creíble y más barata, cabalmente abierta a la participación ciudadana, sin el ominoso oligopolio partidario. Pero urge, sobre todo, que los mexicanos volvamos a confiar en nuestras propias fuerzas, que removamos obstáculos y hagamos frente a los problemas sin la tutela de políticos corruptos e ineficientes. ¿Seremos capaces?

            *Periodista y autor de Milenios de México

                [email protected]

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    Post y Contenido Original de : Excelsior

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