Loving Vincent

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Resulta chocante utilizar el nombre original de la película en inglés, pero su traducción para México, Cartas de Van Gogh, me parece desafortunada. Multipremiada en festivales europeos, Loving Vincent (Polonia, Reino Unido, 2017) ofrece una propuesta estética a la medida de su directora, la polaca Dorota Kobiela, quien ya se había distinguido por su versión de Pedro y el lobo (2006), se ha dicho fascinada por la pintura desde su infancia y, por supuesto, por la vida y la obra del artista holandés. El guión, del británico Hugh Welchman, esposo de Kobiela, cuenta lo que sucede un año después del suicidio de Van Gogh (1890, 1891), explorando la vida del pintor a partir de los personajes y los acontecimientos relacionados con su muerte. Kobiela logró una película completamente pintada al óleo, para lo cual requirió del trabajo de 125 artistas que dominaran la técnica y pudieran recrear la historia a partir de la obra del artista, mediante 65 mil lienzos pintados durante los siete años que llevó la producción, con un trabajo promedio de seis horas por lienzo, para conseguir cada segundo de película en un lapso de dos semanas.

Más allá del mérito de pintar al óleo una película, el guión se desgasta en documentar, a la manera de una investigación policiaca, la muerte de Van Gogh, discutiendo la posibilidad de que no hubiera ocurrido por suicidio. Vincent padeció una enfermedad mental. Su diagnóstico siquiátrico ha sido objeto de profusas discusiones. Hoy día es difícil considerar que el artista genial hubiera padecido esquizofrenia, como pretendieron algunos expertos, y parece existir consenso de que padecía de un trastorno bipolar, mal que en su época se conocía como “sicosis maniaco-depresiva”. La patología mental de Van Gogh parece haberse combinado fatalmente con algunos datos biográficos que la complicaron, en especial un padre pastor protestante que le inculcó una extrema rigidez moral, haciéndolo vivirse siempre en falta, incapaz, débil e irresponsable. Semejante maltrato religioso lo llevó a pretender hacerse él mismo pastor protestante. Fracasado en esa absurda vocación, comenzó a pintar a los 26 años y murió a los 37. Pintó apenas 11 años, a pesar de lo cual su obra ha sido estimada en más de 900 lienzos al óleo, unos 80 cada año, que ponen de manifiesto el furor estético que lo llevaba a trabajar de manera excesiva, desjuiciada. Los últimos meses de su vida los vivió en Arles, al sur de Francia. Ahí pintaba todo lo que veía, hasta que una de tantas tardes frente al caballete decidió darse un balazo en el abdomen. La herida le provocó la muerte dos días después.

Para cada locación de Loving Vincent se partió de la escena que representara cualquiera de sus lienzos. Lo mismo se hizo para cada personaje, lo que habrá requerido de un cuidadosísimo casting, que resultó uno de los grades méritos de la película. Saoirse Ronan interpretando a Marguerite, la hija del doctor Gachet, y Jerome Flynn caracterizando al médico de Vincent, hacen un trabajo excelente. Gachet no era especialista, pero parece haber hecho cuanto podía por ayudar al pintor. En efecto, Vincent estaba enamorado de Gachet. Al parecer su sentimiento no fue correspondido.

El punto medular de la vida y la patología mental del artista consiste en la posible relación entre la enfermedad bipolar y la creatividad. Absurdo lo que ha escrito Robert Hugues (1938-2012), afamado crítico de arte, que aseguró que Van Gogh pintó sólo cuando estaba sano, porque Vincent nunca estuvo sano. Mucho más atractivo resulta pensar y documentar si la locura puede hacer de algunos enfermos artistas geniales: ninfoleptos, se les ha llamado.

 

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Loving Vincent

Source: Excelsior

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