Todo en orden

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    Anteayer fue Domingo de Urnas. Si existe un Domingo de Ramos y un Domingo de Sangre, no sé por qué no habría de existir un Domingo de Urnas. Hubo elecciones en cuatro países de tres continentes.

    Dos de ellas tuvieron lugar en nuestra América, en Brasil y en Uruguay. Y pasó, con algún sobresalto y algún chirrido de más, lo que estaba en el guión. Hoy no me referiré a ellos. Varios de mis colegas sin duda lo harán. Y mejor que yo.  

    Más complicados, imprevisibles y lejanos fueron los comicios que se celebraron en Túnez. Ahí contendieron cristianos contra  musulmanes. Los primeros, agrupados en la novísima formación del Nidá Tunis, se presentan con el atavío de “laicos”, que les brinda un aspecto mucho más distinguido y sobre todo más rentable, más acorde a la political correctness y a los vientos modernizadores que soplan en la costa sur del Mediterráneo después de la llamada  primavera árabe o revolución de los jazmines, de hace tres años. Alegres y poéticos  eufemismos tras los cuales se esconden los sucesivos golpes de estado patrocinados por los EU y la UE (cada vez es más fácil confundir las siglas).

    Así pues no es de extrañar que el flamante Nidá Tunis acabara derrotando al anacrónico Ennahda, de confesión islámica A pesar de que en él, en el Nidá, militan, paradójica y desvergonzadamente, varios altos funcionarios del régimen de Ben Alí, derrocado entonces. La democracia soporta fácilmente tales contradicciones y volteretas. Es un simpático fenómeno que en México conocemos bien.

    En la torturada Ucrania, en elecciones también legislativas, también ganó el Oeste, aliado y subvencionado, de nuevo por los EU y la UE. Y derrotó, esta vez muy ampliamente, al Este pro-ruso. Era inevitable. En las regiones de Donetsk, Luhansk y Járkov, los rebeldes alzados se negaron a participar. Y no digamos en la península de Crimea, escindida e incorporada de hecho a la República Rusa. El llamado Bloque Poroshenko, por el nombre del actual y a todas luces futuro presidente, es el vencedor indiscutible.

    De los seis partidos presentes en el nuevo parlamento, cinco son furiosamente anti-rusos, y el Bloque Opositor, cercano a los insurgentes, obtuvo apenas el 7% de los sufragios. El histórico Partido Comunista, por primera vez, quedó fuera.

    En vistas a lograr un frente lo más amplio posible, el presidente, bergante reconocido, debió enfrentar una gravísima crisis económica y al mismo tiempo desearía lanzar una ofensiva abierta contra los alzados, iniciativa además impulsada por muchos de sus ad-láteres.

    Pero la prudencia exigida por Occidente, y la necesidad urgente de un abundante flujo de divisas frescas lo obliga a la cautela. Una serie de trapacerías  semiocultas, de muy baja estofa, lo llevaron a negociaciones ventajosas que le permitieron, de momento, sortear el temporal.

    Poroshenko insinuó que una intervención militar tendría resultados inciertos sobre todo entre aliados. Mediante intermediarios vinieron en su socorro inversiones inesperadas granjeándole una aceptación lógica. No omitió supercherías para urdir todas esas amañadas redes oficialmente negadas.

    Toda esta descomposición se inició en 2003 en la llamada revolución naranja, similar, como dos gotas de agua, a la tunecina de la que hablo más arriba y que culminó hace un año con las revueltas de la Plaza Maidán que depusieron al presidente Yanukóvich.

    Si quiere darse usted, incisivo lector, una idea, ni que sea remota, de la podredumbre en la que se halla sumergida hoy la clase dirigente de la legendaria Ucrania post-Maidán, piense sólo que el líder del Frente Nacional, principal socio de Poroshenko, es un boxeador, Vitaly Klitschko, campeón del mundo de los pesos completos. Las siglas de su partido son UDAR, que significa “puñetazo”. Se le ha asociado con la mafia y en 1996 fue expulsado de los Juegos Olímpicos de Atlanta por dar positivo en el control antidopaje. No pos sí.

    No tengo nada en contra de los boxeadores, pero lo tengo todo en contra de los truhanes.

    En fin, ganaron los buenos. Como debe ser. Las elecciones en el mundo se parecen cada vez más a las películas de Hollywood. Siempre acaban bien. Y no porque sí. No son los gringos los que inventaron la democracia, ciertamente, pero sí lo son en su versión contemporánea. Con todo el pastoreo, condicionamiento y manipulación, que de la mano de los medios masivos electrónicos, conducen rebaños dóciles. El ciudadano como tal ha abdicado y se ha visto reducido a la triste condición de votante.

    El pueblo siempre vota lo que debe votar. Y si acaso llegara a equivocarse, como a veces ha sucedido, ahí está el Poder, y si es necesario el ejército, para corregir. Tales son los casos del Estado Español en 1936, de Chile en el 73, de Argelia en el 94 o de la propia Ucrania hace apenas unos meses. Los tropiezos no parecen haber afectado demasiado el prestigio y la lozanía de la democracia, que, pese a ellos, parece mantenerse en plena forma. Todo en orden.

            *Matemático

                [email protected]

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    Post y Contenido Original de : Excelsior

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