Ucrania: Afianzan su poder las élites que apoyaron a Maidán

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    KIEV (apro).- A la pálida luz del mediodía, bajo un clima gélido, la calle Mikhaila Hrushevskoho, en el centro de Kiev, es un hervidero de gente. A pocos metros se encuentra la avenida Kreshiatik y la Maidán Nezalezhnosti, la plaza Independencia de Kiev, donde hace casi un año empezaron las protestas.

    La calle Mikhaila no figura en las guías turísticas, aunque recientemente ha comenzado a ser noticia. La razón: allí está la sede del Partido Radical ucraniano, cuyo líder, el diputado Oleh Lyashko, representa un inquietante escaparate de la Ucrania post-Maidán.

    Casi desconocido hasta hace un año, Lyashko se ha ganado en el terreno la fama que posee. En su currículum se incluyen toda clase de trifulcas en sitios públicos, secuestros de rebeldes pro-rusos e incluso el haber apoyado activamente a varios grupos de paramilitares –entre otros, el Batallón Azov— que son pagados para operar en la guerra que se lleva a cabo en el este ucraniano.

    Y, no obstante —o quizá, justo por ello— Lyashko ha sido uno de los políticos con más reflectores en la campaña electoral que culminará este domingo 26, cuando Ucrania realice elecciones parlamentarias.

    Para aquellos más informados, como explica la politóloga Daryna Sokolova, Lyashko encarna el fantasma más negro del nacionalismo populista que se ha agudizado en estos meses en Ucrania, a raíz del conflicto con Rusia. Pero lo cierto es que también es un reflejo del ascenso al poder de aquellas élites que apoyaron al Maidán. “Su talento en la retórica y su carisma le han permitido capitalizar el enorme descontento que hay en el país. Los seguidores de Lyashko son gente decepcionada, mucha de la cual vive en zonas rurales donde la educación es escasa y la gente lucha por sobrevivir”, opina Sokolova.

    “Estas elecciones cambiarán a Ucrania. De mal se pasará a peor. Lyashko es una prueba”, coincide Alexei Tolpygo, experto en asuntos políticos del Centro de Estudios Políticos y Conflictos de Kiev.

    Otro es el caso del magnate Petro Poroshenko, quien financió activamente a los manifestantes de Maidán y es presidente ucraniano desde mayo pasado. La recién creada plataforma política de Poroshenko —que lleva su mismo nombre—, también mostró desde un principio la fuerza política de este millonario ucraniano, al figurar como la formación con más posibilidades para afianzarse en el poder, conquistando al Parlamento de la época post-Maidán, cuyo movimiento de protesta pedía, paradójicamente, que Ucrania fuera liberada de los oligarcas.

    En estas circunstancias es difícil que se cumplan las esperanzas de cambio positivo asociadas a las elecciones ucranianas pues, aunque los bien intencionados digan que la votación ha servido para que el paralizado sistema político del país arranque de nuevo, la realidad es que, si bien los rostros públicos del poder han cambiado, no hay garantías de que los recién llegados sean mejores que los que se han ido… Más bien lo contrario.

    Lyashko es, en este sentido, una vez más un ejemplo. A pesar de que mucha de su imagen pública haya girado en torno a mostrarse como el azote de los oligarcas, no sólo se ha codeado con éstos, sino que su falta de dotes diplomáticas y su oscuro pasado lo han convertido en un elemento más de tensión entre Ucrania y Rusia (país que incluso pidió una orden de captura internacional contra él).

    Gatopardismo

    De igual forma, el propio gobierno de Poroshenko, quien también es un oligarca —posee una multinacional que produce chocolate, un canal de televisión y varias fábricas de automóviles, negocios a los que ha dicho públicamente que no piensa renunciar—, lo integran otros oligarcas. Como el ministro de Interior ucraniano, Arsen Avakov, que hace dinero en el sector bancario y en los medios de la comunicación.

    Ucrania se ajusta al refrán gatopardista “que todo cambie para que todo siga igual”. El Parlamento saliente fijó las reglas del juego de las elecciones, las cuales consisten en que la mitad de los 450 diputados son elegidos por un sistema de representación proporcional, mientras que la otra mitad lo son a través de circunscripciones territoriales en las que la capacidad de financiamiento —y, por extensión, de influencia— de los oligarcas de la vieja guardia es elevada.

    Es el caso del el magnate Igor Kolomoisky, el cual sugirió a algunos de sus colegas repartirse las provincias ucranianas. Y si muchos rechazaron, otros no, entre ellos él mismo, que se quedó con la ahora estratégica ciudad de Dnipropetrovsk. Y allí creó un ejército privado, como cuenta Andrew Wilson, autor del libro La crisis ucraniana, lo que significa para Occidente

    “Nada bueno se producirá con estas elecciones en Ucrania — insiste el politólogo Tolpygo. En el Parlamento quizá entrarán unos 150 o 200 nuevos diputados, pero los poderes ya se han amoldado a la revuelta de Maidán y han logrado usarla en su beneficio”.

    Otra regla refuerza el gatopardismo: la barrera del 5% para conseguir representación en el Parlamento, la cual ha obligado a los nuevos partidos y a los activistas civiles a funcionar a través de las antiguas formaciones políticas.

    Olena e Iryna

    Esta situación se agrega al conflicto bélico, en la que tanto Moscú como Kiev se lanzan acusaciones mutuas.

    “No es un secreto que es una guerra creada artificialmente. Sin el apoyo de armas y dinero por parte de Rusia este conflicto no hubiera existido nunca”, dice a Apro el alcalde de Kiev, el exboxeador Vitali Klitschko, quien fue una de las caras políticas de Maidán y ahora es un aliado de Poroshenko.

    “En Ucrania no hay un problema político entre los ucranianos. Eso es lo que dice la propaganda rusa. Aquí nunca a nadie se le pregunta qué idioma habla o qué nacionalidad tiene”, afirma en un raro ejercicio de alienación de la guerra que azota el este del país.

    Las historias de Olena e Iryna son, quizá, representativas del sufrimiento que padece buena parte de la población de este país. La primera es originaria de Crimea; la segunda, de Donetsk. Ambas exiliadas de sus lugares de origen, alejadas de sus familias, refugiadas, caídas en desgracia por un conflicto que apenas entienden y no aceptan.

    “Se ha luchado tanto por Maidán… ¿De qué ha servido? Nuestra vida ha empeorado, eso es lo que ha pasado. Mi familia lo ha perdido todo, su casa, su trabajo, todo”, dice Iryna, exprofesora de la Universidad de Donetsk que ahora pasa sus días intentando sobrevivir en la capital ucraniana.

    “Y, ¿Crimea? Crimea ahora es rusa. Ucrania la ha perdido para siempre. Todo el mundo lo sabe, nadie lo admite, pero lo saben, lo saben todos”, agrega por su parte Olena, quien en su Crimea natal dejó a su abuela, su madre y su padre.

    A la secesión de una parte de su territorio y a la guerra en el este —que ha provocado la muerte de al menos 4 mil personas y el desplazamiento interno de medio millón de ucranianos— se suma que este país está al borde del colapso económico. Se prevé que este año el PIB descienda entre 7% y 10%, mientras que un estudio ruso incluso calcula pérdidas adicionales anuales de 33 mil millones de dólares, equivalente a 19% del PIB, hasta 2018, a raíz de la caída en picada del comercio bilateral entre Rusia y Ucrania.

    El vertiginoso descenso del PIB ucraniano se debe también a la huida de capitales del país y a la estrepitosa depreciación de la grivna. Al mismo tiempo, Ucrania sigue teniendo serios problemas estructurales —como la extendida corrupción y el alto déficit comercial. De hecho, el Fondo Monetario Internacional (FMI) le brinda respiración asistida.

    “A diferencia de la Revolución Naranja de 2004, esta vez ha habido más cohesión entre los protagonistas de revuelta. No obstante, las reformas necesarias para revitalizar la economía del país no han llegado todavía”, afirma Maksym Bugriy, del Centro Internacional de Defensa de Kiev (ICDS). “Y eso a pesar de que todo indica que hay un acuerdo informal entre los principales oligarcas, los cuales tienen presencia en la casi totalidad de los partidos”, sugiere Bugriy.

    Otro asunto es que, a pesar de la firma a finales de junio del Acuerdo de Asociación y Libre Comercio entre la Unión Europea (UE) y Ucrania, tampoco está claro qué resultados dará el modelo de desarrollo económico que Europa tiene para este país. Según fuentes europeas consultadas por Apro, “el modelo de Europa para Ucrania es Polonia”, país que entró en la UE en 2004.

    Cierto: Polonia es hoy cuatro veces más rica que Ucrania, pero en aquella nación la desigualdad social, el subempleo y la pobreza son problemas que se han arraigado en la sociedad, como recordó recientemente un informe del Banco Mundial.

    Ahora el invierno está a las puertas. Nadie sabe cómo los ucranianos, en particular los de las zonas rurales y los más desfavorecidos, lograrán superar los próximos seis meses, cuando tal vez no tengan suministro eléctrico y enfrenten lo que se pronostica como uno de los inviernos más duros de las últimas décadas. Ya en estos días se padecía el frío en Kiev. Muchos establecimientos, incluidos hoteles, se habían quedado sin calefacción.

    Post y Contenido Original de : Proceso

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