Un retrato de Alfonso Reyes: mujeriego y soberbio

Un retrato de Alfonso Reyes: mujeriego y soberbio

Nov 1, 2014 0 Por latlayud

Con una buena dosis de ficción, aunque estrictamente basada en documentos, conversaciones, entrevistas, cartas, pero también en testimonios de la viuda de Alfonso Reyes, doña Manuelita Mota, una novela recién aparecida muestra al escritor como un marido que en la intimidad maltrataba a su mujer. Sandra Frid tardó cinco años en concluir Reina de Reyes, que contrasta con las biografías de uno de los pilares de la literatura mexicana del siglo XX.

MONTERREY, NL (Proceso).- Alfonso Reyes, el regiomontano universal, era en su vida privada mujeriego, soberbio, desdeñoso…

La novela Reina de Reyes (Planeta, 2014), de Sandra Frid, presenta al escritor como un hombre insensible que maltrató, durante toda una vida, a su esposa Manuelita Mota quien, de acuerdo con las costumbres de la época, tuvo que callar para lucir como la consorte sumisa, abnegada, abandonada y eficiente.

A lo largo de las andanzas que compartieron por más de medio siglo, ella le sirvió al pensador únicamente para parir un hijo y ser su asistente.

Frid describe, con una gran dosis de ficción, la vida íntima de la pareja, narrada en primera persona por Manuelita Mota, a lo largo del matrimonio que inició casi con el estallido de la Revolución Mexicana y que duró hasta la muerte del escritor en 1959.

Nadie, hasta ahora, se había atrevido a tocar la imagen egregia, laureada, etérea, de quien es considerado uno de los grandes intelectuales mexicanos del siglo XX.

Afectado por el asesinato de su padre, el general porfirista Bernardo Reyes, el escritor aparece con una acuciosa inestabilidad familiar, marcada por los viajes constantes por el mundo, a los que lo obligaba su trabajo diplomático; además de generoso con los artistas emergentes, y erudito como ensayista, articulista y académico.

Al humanizarlo, con sus fascinantes contrastes, la autora ofrece otra perspectiva, aunque sabe que su retrato no es amable: La de un cretino que en la intimidad maltrataba a su mujer y detestaba la ignorancia de prácticamente todos los mortales.

Pero aunque puede afectar el juicio que el público tiene de Reyes, Frid no ofrece disculpas, pues su descripción es precisa:

“Habrá gente que se lo tome a mal, pero no estoy inventando nada. La novela está basada en su historia. Todos los personajes son reales. Incluso los nombres de sus amantes están documentados. Los tomé de las cartas que escribió en sus diarios. Ese era Reyes, sin quitarle su grandeza como escritor.”

Reina de Reyes es un relato novelado de 263 páginas.

Toda la historia está contada por Manuela Mota, una mujer que se describe como poco atractiva y que, se percibe, tenía baja autoestima. Procedente de una familia de la clase media, conoció a Alfonso Reyes Ochoa en la Escuela Preparatoria Nacional de la Ciudad de México, a finales de la primera década del siglo pasado.

Ella era cuatro años mayor. Se trataron, tuvieron una relación furtiva de la cual resultó un embarazo y se encontraron en la necesidad de casarse. A partir de ese momento comenzó para la mujer una vida que osciló, de manera permanente, entre la fascinación y el sufrimiento.

El futuro escritor quedó marcado por la muerte en combate, a las puertas de Palacio Nacional, de su padre, durante la Decena Trágica de 1913. Tras ese acontecimiento, inició su exilio diplomático como agregado cultural, embajador, ministro y otros encargos en ciudades como Madrid, París, Buenos Aires, Río de Janeiro, México.

Gracias a don Alfonso, Manuelita departió con gente importante. Pero en la intimidad fue objeto de vejaciones y del desdén de su marido, ocupado en complacer a otras mujeres, a quejarse de su mala suerte de diplomático errante, y a buscar desesperadamente reflectores, periódicos, un escaparate para sus brillantes reflexiones.

El periplo escrito por Frid y descrito por Manuela se lee rápido. La autora utiliza un lenguaje sencillo. La voz es de una mujer observadora, resignada al abandono, pero dispuesta a sacrificarse por un hombre que es, lo confiesa, su razón de existir.

En entrevista, la escritora, nacida también en Monterrey (1959), señala que invirtió unos cinco años en documentar la vida de don Alfonso. Decidió contarla a través de la consorte, una figura que ha sido olvidada por la historia, pese a que fue decisiva en la vida del regiomontano.

Leyó una entrevista que le hicieron a la viuda en 1964, el año en que falleció. En ella se enteró, por ejemplo, que tomó un curso en la empresa Chrysler para reparar el coche del marido.

Sin embargo, en la mayoría de las biografías que se conocen del autor, Manuelita transita como un fantasma para los conocedores de la obra de Reyes, pues ni siquiera se menciona la época en que se casaron, pese a que fue su única esposa.

Atraída por la personalidad singular de Manuelita, mientras Frid escribía continuaba con la búsqueda de elementos que enriquecían su texto. Así, hurgó en las obras de Reyes, en sus diarios y epistolarios que mantuvo con personas importantes, y con amigos con los que intercambiaba reflexiones y apuntes íntimos, en los que, desahogándose, revelaba situaciones muy personales. Frid sospecha que Reyes escribía esos apuntes suponiendo que algún día serían publicados.

Se entrevistó con su nieta Alicia Reyes, con el recién desaparecido crítico literario Emmanuel Carballo, con su secretaria la escritora Amparo Dávila, con la poeta Dolores Castro…

Con la autora

Frid, diseñadora gráfica de profesión y autora de varios libros de cuentos y tres novelas más: A través de su mirada (2003), Mujer sin nombre (2007) y Luz entre ceniza (2011), describe a Reyes como un hombre aprehensivo que no valoraba a su mujer. La narradora nunca utiliza palabras como ruin o bellaco, que se le ajustarían al personaje: Alfonso Reyes era un mal marido.

Ríe Sandra:

“Sí, mucha gente me ha comentado: ‘Estoy enojada con don Alfonso’, y otros me han dicho: ‘Estoy muy enojado con Manuelita, por haberse dejado’. Pero lo que yo pienso es que una debe situarse en la época. Eso no lo justifica, pero fue una época en la que las esposas estaban para tener hijos, nada más.

“En cuanto a las relaciones amorosas, los hombres tenían sus amantes, pero Manuelita verdaderamente amaba a Reyes, no concebía su vida sin él. Dolores Castro, con un poco de pena, cuando le pregunté de esto me decía: ‘Es que don Alfonso era muy coqueto’. Amparito Dávila me dijo un poco apenada que sus alumnas se le sentaban en las piernas.”

Reyes es una figura adorada en la cultura regiomontana. Se conoce ampliamente su actividad diplomática y su gran valía como pensador y escritor. Poco se sabe de su vida personal. Aparece en imágenes calvo, regordete, con la piocha blanca encanecida, como un abuelo afable. Sandra aclara que todos los estudiosos de su obra, en cambio, saben que tuvo numerosos deslices.

“La gente de la época, que lo conoció y ha leído sus cartas, sabe que él era muy mujeriego. Pero se lo adjudicó al artista, porque hay muchos artistas que tienen muchos defectos, llamémosles así. Son muy atormentados, y Reyes no es la excepción”, dice.

A lo largo del relato, ni Frid ni Manuelita denostan a Reyes, aunque el texto lo demoniza. No se utilizan epítetos hacia el vate, pero se le presenta como un desconsiderado de mente brillante, aunque siempre ayudaba al talento emergente.

“Era muy generoso con las personas que se le acercaban porque querían aprender de él. Pero por eso digo, en boca de Manuelita, que Reyes tenía vocación de estatua en glorieta. Era muy vanidoso. Cuando venía a México siendo embajador, esperaba que estuvieran la prensa y los fotógrafos”, expone.

De acuerdo con la narración, el escritor se casó por obligación, pero desatendió, luego, sus deberes de varón hacia la esposa que lo deseaba. Manuelita fue rechazada por los Reyes, al considerarla una persona carente de estatura social. El escritor desatendió también a su hijo Alfonsito, que creció inseguro.

Hay un pasaje de la infidelidad en Río de Janeiro que ejemplifica la relación de toda la vida de la pareja: Manuelita había ido a jugar bridge con sus amigas a la embajada inglesa. Al regresar, encontró a don Alfonso en su despacho con una mujer sentada en las piernas y con los senos al aire. Ella decidió regresar a México. Se embarcó a Nueva York, donde la esperaba una reservación de hotel y un ramo de rosas…

Relata Manuelita:

“El mundo sin Alfonso resultaba atroz. Mi existencia, sin su mirada risueña, sin sus versos, sin la música de su máquina de escribir, carecía de sentido. Mi sitio era junto a él. Pero había dado un paso enorme y no podía retroceder.

“Por la mañana recibí una carta de Alfonso y un boleto de vuelta a Río. Mi resentimiento se convirtió en gratitud. Hasta ahí había llegado mi valentía.”

Frid entiende su situación, pues se consideraba muy afortunada de haber unido su destino a un hombre importante al que le perdonó todo:

“Ella me provoca ternura y siento que la comprendo. Viene de una familia humilde, viene a casarse con un hombre como Reyes, de familia de abolengo. Siento que ella siempre lo vio hacia arriba, y por su origen para ella no fue denigrante lo que vivió. Para Reyes, ella y el hijo son una carga porque él tiene apenas para mantenerlos.

“Tuvo una vida difícil, pero por otro lado una vida riquísima porque, aunque suena feo, de haber sido, tal vez, nadie, llegó a ser la esposa de Reyes, llegó a sentarse en la mesa con presidentes, con embajadores, llegó a dar recepciones para 500 personas en las que se tenía que lucir.”

Sandra Frid presentó su obra en la Casa Universitaria del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Cuenta que hacia el final pidió la palabra Alfonso Rangel Guerra, uno de los académicos más renombrados del país y uno de los mayores estudiosos de la obra de don Alfonso.

Ella creyó que el invitado expresaría enfado, pero encomió la novela:

“Cuando dijo que tenía un comentario, la verdad creí que se iba a molestar, porque a los académicos no les gusta que una humanice a Alfonso Reyes, pero fue muy halagador, porque dijo que le pareció muy bien que se escribiera una novela sobre don Alfonso para que la gente lo conozca”, dice.

La ficción

Para construir una novela que parece una pequeña épica, la escritora tuvo que recurrir a una fuerte cauda de ficción, pues no hay registro de los diálogos que tuvo, al interior de su casa, con Manuela, en sus andanzas diplomáticas por todo el mundo.

Como lo apunta en la nota final del libro, muchos diálogos fueron invenciones basadas en las cartas y diarios de Reyes.

“Esto es parte de la imaginación del escritor, es parte del arte, recrear lugares. Tiene una que ir a bibliotecas, ver fotografías de lugares de moda de aquellos años. Ayudaron las fotos de Reyes publicadas, algunas que hay en la Capilla Alfonsina. Así armé mi rompecabezas”, asienta.

Se describen encuentros y desencuentros personales, epistolares, periodísticos, con figuras de la época como José Vasconcelos, Rubén Darío, Salvador Novo, Francisco I. Madero, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, José Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Martín Luis Guzmán, entre otros.

A lo largo del libro, Reyes se expresa con tanta formalidad que hasta parece una caricatura. Habla con propiedad hasta en escenas domésticas, en las que su voz impostada está fuera de tono.

Así lo muestra cuando el escritor, diplomático en París, recibió noticias de que el presidente Plutarco Elías Calles consideraba que el puesto que ocupaba estaba deficientemente atendido. En casa, Reyes le confió a su mujer:

“(…) ¡estoy rodeado de enemigos! Alega que me ocupo más de mis labores literarias que de las diplomáticas. Si por gestión diplomática se entiende el fiel desempeño de las tareas que me encargan, estoy tranquilo. Además de echarme encima la carga burocrática, ¡soy un soldado de la cultura!”

No hay un interés por ridiculizarlo cuando usa este lenguaje, aclara la autora. No busca tomar venganza a nombre de Manuelita, solamente representa al hombre con su permanente solemnidad.

“La idea no era caricaturizarlo. Se trataba de presentar un Reyes tal cual era, muy afectado… Era otra época.”

Tal vez es momento de que la figura de Manuela Mota ocupe un lugar en la historia, pues ha sido olvidada, pese a que fue una persona que influyó de manera decisiva en la vida y obra de Alfonso Reyes, a decir de Sandra Frid. Además de ser su consorte y su secretaria, organizó su archivo y hasta le corrigió los textos.

Ahora que describe a Alfonso Reyes Ochoa como persona, la autora espera que más personas se aproximen a su gran obra, que consta de más de 100 títulos.

Post y Contenido Original de : Proceso

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